Sabíamos que ninguno de nosotros podía con su propio corazón, sabíamos que ninguno de nosotros podía solo con el peso de esta ciudad.
A mis queridos “amigos” T. y P.
Íbamos caminando por unas de estas calles santiaguinas agitadas. Íbamos por Catedral o algo parecido, bajo los efectos más dulces del “pito” que nos habíamos fumado en el parque forestal. Íbamos rumbo a algún Bar o a cualquier cosa semejante, en donde se pudiera beber con “calma”. De pronto Ella se detuvo ante un kiosco y compró seis calugones Pelayo, nos regalo dos a cada uno y seguimos nuestro camino, saboreando el apacible calugón entre risas e “incoherencias”, hasta que llegamos, sí llegamos al famoso Bar, nos sentamos, ordenamos “algo” y de inmediato nos pusimos a “beber”, entre cada sorbo nos mirábamos: Ella y él, él y Ella, Ella y yo, yo y Ella…
Entre cada mirada, sentí que podía leer sus mentes, las suyas y la mía (…) yo sabía lo que me decían, porque igual me pasaba a mi “gracias por ser refugio, gracias por ayudarnos a sobrevivir”, sí eso decían sus ojos. En el fondo cada uno de nosotros sabía que dependía del otro. Sí, cada uno de nosotros sabía que a pesar del tiempo que había pasado, a pesar de todo el tiempo que habíamos estado separados, nos seguíamos necesitando y seguíamos siendo los mismos “infelices vacíos” de siempre.
Así, se nos pasó la hora entre trago y trago, entre mirada y mirada y entre “fotos”.
Yo mire el tiempo y me tenía que ir, así que tome mi “bolso” y mi “chaqueta de cótele”, me pare y dije:
- ¡Ya! me voy, los quiero.
Él me miro aturdido y no dijo ni una sola palabra.
Ella tiró de mi chaqueta, me miro desarmada y dijo:
- No te vayas todavía, no te vayas, ya me hiciste sufrir una vez ¿Te acuerdas? (Y se echó a llorar desconsolada).
Sí, yo lo recordaba perfectamente, lo había hecho, la había hecho sufrir, “Yo” había jugado con ella, así que tiré mis cosas, me senté junto a ella, la abrace y también me eché a llorar.
Ella, él y yo
Melpómene.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


0 comentarios:
Publicar un comentario