Malas son las palabras

|

A mi querido "veneno".

Llegue atrasada a juntarme con él porque estaba mi cabeza en otro cuerpo y tenía un dolor agradable que me recordaba lo que habíamos hecho el día anterior.

Él me miró de reojo y me tomo la mano

- No quiero ir a Mc. Donals, dije.
- Yo sí, quiero un helado y quiero pasar al baño, Contestó.

Me convenció (nunca he podido decirle que no) y caminamos hasta Mc. Donals.

Llegamos a ese odiado lugar y luego lengüeteando nuestros helados observamos como disfrutaban todos de su hamburguesa de RES (o sea, de cosa).

Él hablo mucho, yo sólo atiné a escuchar y a responder, casi automáticamente, que ganas de hacerle saber tantos sentimientos que tenía dentro, que ganas de haberle regalado todo de mí y nada. (Siempre pasa, él me dijo una vez, que era como una caja fuerte que no se podía abrir, tienen tantas combinaciones los números que uno se aburre de intentar encontrar la clave correcta… tiene razón)

Cuando terminamos de lengüetear, fuimos por “causalidad o casualidad” a una exposición en defensa del matrimonio, (cómico, los vestidos parecían batas).

Nos subimos a un transantiasco.

Me llevó después por ahí, por unas de esas calles bonitas de Providencia, Miguel ángel, Miguel Claro.

(Guanaco)

Y llegamos a su casa.

Estaba todo bien hasta que algo le dije, no me acuerdo muy bien, pero de seguro fue terrible, a veces soy vil con las palabras… lo maté quizás. (Se puede destruir mucho con las palabras, tanto se puede destruir).

Cambió, sí él cambió.

Me hablaba, pero ya no era lo mismo, me hablaba, pero no a mi, le hablaba a alguien que no existía. (No sé si alguna vez realmente existí)

Se decepcionó, quizás.

Anda a dejarme al metro, dije… y me llevó.

Durante el trayecto le pedí algo, algo que nunca pensé pedir a nadie. Perplejo quedó, hasta que llegamos al metro, no salió ningún mensaje de su boca, sólo me contemplo todo el tiempo, sólo me miró y dijo “chao, que estés bien”.

Yo entre al metro un poco triste,

Un poco, tanto que no me pude el cuerpo

Tanto, que deseé no existir.

Tanto, que deseé mi propia muerte.

(Melodramático, ¿no?)

Lo deseé tanto, que cuando tenía que llegar no llegué.

Tanto, que fui a donde no tenía que ir.

Y aquí estoy.

Muerta.
Melpómene.

Ella, él y yo

|
(Fotografía de Esteban Zabib)





Sabíamos que ninguno de nosotros podía con su propio corazón, sabíamos que ninguno de nosotros podía solo con el peso de esta ciudad.

A mis queridos “amigos” T. y P.

Íbamos caminando por unas de estas calles santiaguinas agitadas. Íbamos por Catedral o algo parecido, bajo los efectos más dulces del “pito” que nos habíamos fumado en el parque forestal. Íbamos rumbo a algún Bar o a cualquier cosa semejante, en donde se pudiera beber con “calma”. De pronto Ella se detuvo ante un kiosco y compró seis calugones Pelayo, nos regalo dos a cada uno y seguimos nuestro camino, saboreando el apacible calugón entre risas e “incoherencias”, hasta que llegamos, sí llegamos al famoso Bar, nos sentamos, ordenamos “algo” y de inmediato nos pusimos a “beber”, entre cada sorbo nos mirábamos: Ella y él, él y Ella, Ella y yo, yo y Ella…
Entre cada mirada, sentí que podía leer sus mentes, las suyas y la mía (…) yo sabía lo que me decían, porque igual me pasaba a mi “gracias por ser refugio, gracias por ayudarnos a sobrevivir”, sí eso decían sus ojos. En el fondo cada uno de nosotros sabía que dependía del otro. Sí, cada uno de nosotros sabía que a pesar del tiempo que había pasado, a pesar de todo el tiempo que habíamos estado separados, nos seguíamos necesitando y seguíamos siendo los mismos “infelices vacíos” de siempre.
Así, se nos pasó la hora entre trago y trago, entre mirada y mirada y entre “fotos”.
Yo mire el tiempo y me tenía que ir, así que tome mi “bolso” y mi “chaqueta de cótele”, me pare y dije:
- ¡Ya! me voy, los quiero.
Él me miro aturdido y no dijo ni una sola palabra.
Ella tiró de mi chaqueta, me miro desarmada y dijo:
- No te vayas todavía, no te vayas, ya me hiciste sufrir una vez ¿Te acuerdas? (Y se echó a llorar desconsolada).
Sí, yo lo recordaba perfectamente, lo había hecho, la había hecho sufrir, “Yo” había jugado con ella, así que tiré mis cosas, me senté junto a ella, la abrace y también me eché a llorar.






Melpómene.